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Su rostro y su silencio

Con epístolas vacías
[esquelas de mis sueños]
escribo un sentimiento
anclado al infinito.

Es inmensamente cierto,
y a la vez grande,
que hasta mi alma hace alarde
de quererla demasiado.

No me canso de quererla
y más la ansío. Sin embargo,
no la tengo a mi lado
aunque sabe que la quiero.

Este suspiro inmenso
que se pierde en el cielo
ha tallado en mi memoria
su rostro y su silencio.

Su silencio es el grito
perturbador que me asesina.
Y cada verso que me dicta
me retorna a la agonía.

No bastarán los días
para gritar que la quiero.
Aunque me quede sin voz
más la querré todavía.

Las flores no han de secarse
ni volarán sus corolas.
Se mantendrán, como ahora,
mi amor perdurable.

Cada alegre recuerdo suyo
y cada lágrima mía
encarnan el contraste
de mi vida solitaria.

No me aferro al dolor
quiero amarla simplemente,
como se aman los amantes
que viven lo prohibido.

[Si me quedan pocos días
o si muero en estos versos,
no inpugnen la sentencia,
que no hay malos ni buenos.]

No he de fallecer
sin antes abrazarla.
Aunque muchos abrazos
ya le he dado en vano.

Nuevamente, entre suspiros,
ha llegado este poema,
para pintar de agonía
el alma de un poeta.


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