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Es la Madre

Para profesar los versos que aquí cito,
he vivido en los latidos de su pecho,
he viajado en los suspiros de su alma,
y he dormido en sus horas de desvelos.

Para profesar los versos que aquí cito,
he percibido cual rocío sus lágrimas,
he sentido lo sublime de sus besos,
y en sus brazos he sentido eterna calma.

La caricia de sus manos me ha brindado
en los rostros felices de los días,
y el clamor de un dolor inusitado
rompe mi alma cuando lejos de ella grita.

He concebido un llanto emocionado
al profesar los versos que aquí cito.
Por vernos y sentirnos tan amados
los suspiros de mi alma le recitan:

¡Estos versos no son versos sin tu estancia;
de estos versos eres dueña, bella madre;
a estos versos los recibes ufanados;
y por ti le pedimos a Nuestro Padre!

Su presencia complementa nuestras vidas,
y si acaso está ausente la extrañamos;
si es así no ocultamos la onda herida
y en los recuerdos reímos y lloramos.

En estos versos profeso su grandeza,
cual alcores dibujados en el cielo,
porque también se merece el firmamento
y el resplandor de la luna y las estrellas.

¡Gloria Dios la existencia de las madres!
¡Salve Altísimo! El corazón lo exclama:
¡Mi Señor, Tú nunca las desampares,
en Tu Presencia protege sus almas!


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